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Noticia interesante: Ecología + Neurosis

Noticia interesante: Ecología + Neurosis

  1. Avatar de psico
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    Les dejo esta nota de la revista C (sale con el diario Crítica del domingo) que me pareció interesante porque toca temas relacionados con la neurosis ("Ecomamis" --> neurosis del ama de casa; culpa ambiental, "ecoansiedad" --> angustia, etc.)

    ¿Qué opinan?

    PD: Perdón por el formato.

    Fuente: http://www.criticadigital.com/revist...__para_web.pdf

    La pavada ecologista

    La difusión de conductas eco-friendly
    hasta el ridículo responsabiliza a los
    individuos –y no, por ejemplo, a las
    corporaciones– por el daño ambiental. La
    diferencia entre la toma de conciencia y la
    bobada, entre una ética personal y
    hacerse cargo del cambio climático.

    Por Josefina Licitra
    ilustraciones fidel sclavo

    Spoiler:
    Cuatro meses atrás, Colin Beavan —escritor— y Michelle Conlin —periodista— eran una pareja normal: vivían en Nueva York, desayunaban bagels y se limpiaban el trasero con papel. Hasta que Beavan, justamente porque era normal, decidió hacer dinero a cualquier precio. Consciente del auge y del consecuente rinde comercial de los fanatismos ecológicos, firmó contrato con una editorial para hacer un experimento: durante un año él, su mujer y su pequeña hija vivirían una existencia “sin impacto ambiental”. Y Beavan contaría esa historia en un libro, titulado No Impact Man.
    Desde entonces —enero de 2008— Beavan y Conlin son los freaks del barrio. Sólo comen productos orgánicos cosechados dentro de un radio de 400 kilómetros de Manhattan (se considera que esa es la mayor distancia que un granjero puede recorrer desde una ciudad en un día, ya que mayores traslados generan un excesivo aporte de dióxido de carbono a la atmósfera); no compran ningún producto que no sea alimenticio (aunque pueden recibir regalos); no producen basura inorgánica y con la basura orgánica hacen compost (es decir, los gusanos comen y transforman los desechos; un procedimiento que inunda la casa con un vaho podrido y dulzón); no usan papel higiénico, sino agua y aire; protegen a su hija de dos años con pañales de algodón orgánico; no toman el ascensor del edificio, aun cuando viven en un noveno piso; prescinden de cualquier electrodoméstico (incluido el televisor LCD de 46 pulgadas) y se trasladan por las calles en monopatín. También cuando nieva.
    “En algún momento de sus vidas, los liberales culposos se quiebran —argumenta Conlin en su blog, No Impact Man—.
    Dejan de usar plásticos, comen productos orgánicos, se vuelven fanáticos de la bicicleta, apagan los electrodomésticos, transforman su mierda en compost y, si viven en la ciudad de Nueva York, generalmente se transforman en lunáticos que abrazan los árboles y tratan de salvar a los osos polares y al mundo entero de la catástrofe medioambiental. Y, por supuesto, arrastran a sus hijitas —vestidas con ropa de Prada Kids— y a sus mujeres—amantes de los hoteles cinco estrellas— en ese viaje”.
    Conlin tiene 43 años. Su mujer, Michelle, 39. Ambos forman parte de un proyecto que también está siendo registrado con cámaras y que en el futuro probablemente tenga el arrastre que en 2006 tuvo The Inconvenient Truth (La verdad incómoda): un documental sobre el calentamiento global que está basado en una exposición multimedia que Al Gore (ex vicepresidente durante la gestión de Bill Clinton) fue desarrollando a lo largo de varios años como parte de una campaña educativa.

    “En algún momento de sus vidas, los liberales culposos se quiebran... se transforman en lunáticos que abrazan los árboles y tratan de salvar al mundo de la catástrofe medioambiental”. Michelle Conlin, en No Impact Man

    El film, distribuido por la Paramount, tuvo sus efectos: le valió a Al Gore un impensado premio Nobel de la Paz y gatilló una neurosis ambientalista que hizo de la ecología, en muchos casos, una práctica snob y sin consecuencias reales en la mejora del medio ambiente.
    Hoy, volverse verde (going green, le dicen los norteamericanos) devino en uno de los estilos de vida más trendy del primer mundo y se transformó en la caricatura de una tendencia que, de un modo más sobrio pero igualmente polémico, recorre los cinco continentes: la de responsabilizar a los individuos por el daño (y la salvación) ambiental. “No existe una sola actitud individual que colabore realmente con el medio ambiente y lo que se está haciendo, cada vez más, es echarle la culpa a las víctimas —dispara el ambientalista Antonio Elio Brailovsky, ex Defensor del Pueblo Adjunto de la ciudad de Buenos Aires—.
    Nos quieren convencer de que somos responsables porque dejamos una luz prendida, y se deja en un segundo plano el consumo eléctrico escandaloso que hacen las grandes empresas. O te piden que generes poca basura, cuando hay empresas que tiran a los ríos algo mucho peor que papelitos. No digo que ser responsables esté mal. Cerrar la canilla cuando no la estás usando es una cuestión de ética personal, pero para que la práctica ecológica tenga una incidencia real en el medio ambiente hay que adoptar una actitud política: reclamar, quejarse, denunciar, proponer y saber que las actitudes tomadas dentro de tu casa son siempre más cómodasy son un engaño”.

    “Para que la práctica ecológica tenga una incidencia real, hay que adoptar una actitud política”. Antonio Brailovsky

    Ecomamis

    Hay cinco mujeres. Están sentadas en sillones mullidos, en una casa beige, hablando con el entusiasmo inflable de las reuniones de Tupperware. El encuentro se llama EcoMom Party y ellas se llaman a sí mismas Green Moms. Mamis verdes.
    Las mamis verdes se reunieron para intercambiar ideas que ayuden a transformar sus vidas y las del resto del mundo en vidas ecológicas, sustentables y solidarias con el medio ambiente. —Tengo un tip— dice Liz Held, la anfitriona—. Una forma muy fácil de ahorrar es lavar la ropa con detergente biodegradable durante los horarios de energía que no son pico. O sea, después de las siete de la tarde. Y eso sí, siempre con agua fría.
    -¡Buenísimo! Yo tengo otro truco parecido —se entusiasma otra, llamada Beth Forsman—. En casa estamos bajando la estufa al mínimo. De última andamos todos con camperas, mi hija está chocha: estas cosas le fascinan. Ella hasta me quiso convencer de hacer compost, pero probamos un tiempo y la casa se nos llenó de hormigas. Yo dije que ya basta, pero mi hija insiste con que las hormigas no lastiman a nadie.
    —¡Es que los chicos son más fanáticos que nosotras! —se divierte Pam Nessi, otra ecomami—. A mí el material de los juguetes me tiene un poco agotada. Ahora para los cumpleaños les regalamos juguetes usados, pero mi hija tiene la obsesión de mirarles la etiqueta para asegurarse de que no vengan de China, porque tienen PVC. Mi hija tiene once años, temo que se esté volviendo loca.
    —Yo temo por mi marido —se sincera Julie DeFord—. Los productos orgánicos están muy caros y nuestra dieta últimamente está un poco restringida. Hace siete días que comemos acelga, mi marido ya no quiere cenar en casa. Entre tanto, Liz —todas miran a Liz, la anfitriona—, ¡toda tu casa está empapelada! ¿Sabías que el empapelado desprende gases?
    —No es por nada, Liz —agrega Pam—, pero además pintaste el techo. Eso tiene plomo. Y pusiste flores frescas en el living…
    —Bueno, chicas —se lamenta Liz—. Ya cambié un montón de lamparitas en casa. ¡Hice de todo! Tratemos de pensar en positivo.
    Este diálogo, palabras más o menos, fue recogido por el New York Times en una nota titulada “Para las ecomamis, la salvación de la Tierra empieza en casa”. En el artículo se habla de un incipiente cambio de paradigma en el universo doméstico: si hasta ahora las doñarrosas discutían por ver quién tenía menos grasa en su cocina, la obsesión actual consiste en medir quién es más ecosustentable. En nombre de esa pulseada, llenan la casa de lámparas de bajo consumo, compran electrodomésticos inteligentes (cafeteras, televisores, microondas) que se apagan cuando no están en uso, preparan almuerzos sin desperdicios, sumergen a su familia en dietas locóvoras (basadas en alimentos que crecen en la zona) y apagan el auto cuando bajan un minuto a retirar a sus hijos del colegio.
    “Lo nuestro es como comer muchos brownies un día y salir a correr el doble al día siguiente”, sintetizó al New York Times Kimberly Danek
    Pinkson, fundadora de la Alianza de EcoMamis, con nueve mil miembros en Estados Unidos. Pinkson hablaba de la culpa, un sentimiento que siempre movió montañas y que en los Estados Unidos desarrolló una nueva subcategoría: allí, desde hace un tiempo, existe la “culpa ambiental” o “ecoansiedad”, un término que refiere a esa parte de la población que mitiga su miedo al Apocalipsis con prácticas que orillan el ridículo. Sólo por dar un ejemplo, existe el caso de una madre que, arrepentida por haber pasado toda una vida dándose baños de inmersión, decidió ahorrar en serio y sumergirse en el agua de baño con la que se había higienizado su hija.
    Para gente como ésta –ecoansiosa– ya existen los ecoterapeutas. Uno de ellos es Linda Buzzell. Vive en Santa Barbara y edita un periódico quincenal llamado Noticias de Ecoterapia.
    El trabajo de Buzzell consiste en atender gente con problemas de conciencia ecológica. “El activismo puede ayudar a contrarrestar la depresión” dice Buzzell en su publicación y luego cuenta un caso arquetípico que le tocó atender. Se trataba de la familia McLendon: Catherine –diseñadora floral– y Martín –conductor de autobuses– se mostraban preocupados por los hábitos de consumo familiares y por la desaparición de espacios verdes. Buzzell les dio instrucciones muy precisas para reducir la ansiedad y la producción de carbono. Tenían que pasar más tiempo fuera de la casa, comprar un calentador de agua accionado por energía solar, usar bolsas de algodón (y no de plástico) para hacer mandados, meterse en un voluntariado para limpiar playas y plantar árboles, y jugar con sus tres hijos en la calle todos los días.
    Bill Plotkin, ecoterapeuta de Colorado, arma emprendimientos con más despliegue: por una cifra que va de los 650 a los 2.300 dólares, lleva grupos a desiertos, cañones y montañas. A los niños los hace cavar para buscar gusanos y a los adultos los hace recostar sobre la tierra para que, a través de ese contacto pedestre, entren en contacto con sus raíces.
    Ni Buzzell ni Plotkin son los primeros de la lista. La palabra ecopsicología fue popularizada a principios de los 90 por el crítico social Theodore Roszak, quien escribió dos libros que exploraban el lazo entre la salud mental y la salud ecológica. Años después de la aparición de este término se armó la Asociación Internacional de Ecopsicología, que tiene –además de estadounidenses y europeos– miembros chilenos, ecuatorianos, peruanos, costarricenses y uruguayos. Argentinos no hay, probablemente porque la comunidad psicoanalítica local –gente carnívora–se los comería crudos.

    La culpa es un sentimiento que siempre movió montañas: ahora, existe la “culpa ambiental” o “ecoansiedad”.

    “La ecoterapia plantea una idea infantilizante de lo que es un sujeto adulto –advierte la psicoanalista Lidia Mindlin–. Creer que desde la psicología vas a resolver una cuestión que tiene que ver con la esfera económica y sociopolítica de un país es un reduccionismo absoluto y muy conveniente. Habría que preguntarse a quién le sirve hacerle creer a un ciudadano que la hecatombe ocurrió porque él prendió la estufa”.
    Además de enojo psi, el ecofuror generó agrupaciones enteras que nacieron con el único fin de hacerle la contra al boom ecologista. Es el caso de la asociación Anti-Pachamamistas en Acción (APA): un colectivo de personas que se reúne en un blog y que se vale de reveladoras investigaciones científicas –y esto no es una ironía– puestas para discutir el mayor precepto que sustenta a lo que ellos llaman la “religión verde” (guiada por una estampita que muestra a Al Gore con una aureola santa): que el calentamiento global es culpa de los ciudadanos. Los miembros de la APA sostienen –y respaldan con informes– que la temperatura de la Tierra depende del calor solary no tanto del dióxido de carbono liberado a la atmósfera; una postura que desafía el consenso de que el dióxido de carbono emitido por la actividad humana es el responsable del calentamiento global. Con este axioma como punto de partida, en la APA no perdonan a nadie. Y menos aún a los famosos que lavan sus conciencias sumándose a eventos multimillonarios como el Live Earth, un concierto de varios días promovido por Al Gore con el fin de “salvar la Tierra”.
    ¿Tiene sentido, entonces, la conciencia ecológica? Para Martín Prieto, director ejecutivo de Greenpeace Argentina, la respuesta es, sin dudas y a pesar de todo, sí. “Estas conductas marcan un comportamiento ético –advierte Prieto–. Hay mucha genteque no concibe estar con los brazos cruzados, que piensa ‘el mundo se cae abajo y yo no estoy haciendo nada’. Es una cuestión de conciencia similar a la de ayudar a una persona hambrienta en la calle. Es obvio que ese aporte es una gota de agua en el océano, pero me parece valorable, de todo corazón, la actitud solidaria de aquel que para diez minutos y le compra un sánguche a un pibe con hambre. No resolvés el problema, pero estás tomando partido”. Prieto sostiene que el problema, en todo caso, es el carácter voluntarista de estas iniciativas: las cumple sólo el que quiere. Por ese motivo, Greenpeace insiste con la importancia de que exista una intervención regulatoria del Estado, no sólo sobre las prácticas individuales, sino principalmente sobre las corporativas.
    La insistencia tuvo frutos. El año pasado, Greenpeace logró que un millón y medio de personas votase a favor de la Ley de Bosques (ante la resistencia del Senado, que no quería votarla) y consiguió que se presentara un proyecto de ley que prohíbe la importación de lámparas incandescentes para fines del año 2010: una medida que se considera entre las más eficaces para combatir el cambio climático (ver recuadro), y que transformó a la lamparita en el detector ecológico más inmediato del momento: el que las usa “tomó conciencia”.

    “Es una cuestión de conciencia. No resolvés el problema, pero tomás partido”. Martín Prieto, Greenpeace

    Colgados

    Existen muchas otras formas de poner en práctica la buena conciencia sin volverse necesariamente un maniático (ver aparte). Pero esas formas conviven con otras conductas bastante más ociosas.
    El mismo Al Gore dio un consejo curioso para ahorrar energía: colgar la ropa de la soga (es decir, no usar secadores ni centrifugadores).
    Esta propuesta dio lugar al Loundry List (laundrylist.org), un movimiento que defiende el “derecho a secar la ropa” de un modo artesanal y que está encabezado por Alexander Lee, un abogado activista de 32 años que hasta propuso crear un día anual de la ropa colgada (el 19 de abril, para más datos).
    Con el fin de convencer a su público, Lee enarboló una ecuación: si todos los estadounidenses colgaran su ropa durante seis meses ahorrarían el 3,3 por ciento del total de emisión de dióxido de carbono residencial (es decir, no pasaría nada). Pero ese ni siquiera es el principal motivo por el que Lee no está teniendo mucho éxito con su ONG. La mayor batalla que debe librar Lee es la estética: “La gente ve en la ropa colgada una imagen de pobreza –se sincera en su página web–. Hollywood siempre pone sogas cuando quiere mostrar que un barrio es bajo. Esta imagen le recuerda a muchas personas el lugar donde crecieron”.
    En el universo del ecologismo bobo, las prácticas que más prenden son, por lo tanto, aquellas que subrayan algún estatus.
    El mejor ejemplo de esto es Shaklee, una empresa de productos de limpieza eco-friendly que se venden en reuniones hogareñas de público exclusivísimo. Sloan Barnett (hija de un magnate que figura en Forbes y esposa del dueño de Shaklee, quien compró la empresa por 310 millones de dólares) hizo una venta grupal en su pétit hotel de cinco pisos en Manhattan.
    Renée Rockefeller, Valesca Guerrand-Hermès, Melania Trump y Jessica Seinfeld (mujer del comediante Jerry) fueron algunas de las cuarenta mujeres que escucharon, durante una hora y media, el discurso de Sloan sobre la importancia de salvar el planeta con productos Shaklee.
    “Empecé a usar este tipo de productos cuando mi hijo desarrolló asma y mi marido compró la empresa –contó Barnett y registró un periodista del New York Times–. Desde entonces estoy convencida de que nunca se es lo suficientemente verde. Desde hace ya un tiempo cierro la canilla cuando me estoy lavando los dientes. Siempre estoy aprendiendo. Siempre trato de mejorar”.
    Sloan logró vender 65 kits de ecolimpieza de 140 dólares cada uno a un público que suele desplazarse por el país en jets privados.
    Renée Rockefeller compró cuatro kits, uno como regalo para su empleada doméstica. Y Jessica Seinfeld se llevó uno. “Soy hija de padres nacidos en los 60, vengo reciclando desde que nací”, se emocionó Seinfeld con su paquete en la mano. “¿Piensa vender alguno de sus autos en pos de la preservación del medio ambiente?” preguntó el reportero. “Oiga –respondió Seinfeld–. No voy a hablar de mis posesiones”.
    Un relevo del Boston Consulting Group asegura que las mujeres expresan niveles de conciencia ambiental significativamente más altos que los hombres. Y que esto no se traduce en acciones políticas, sino en emprendimientos domésticos que incluyen compra de productos (desde hornos hasta lencería eco-friendly) y prácticas ecológicas aprendidas en páginas web como la de Martha Stewart, una magnate que hizo su fortuna hablando de cocina y estilos de vida.

    Los tips de Martha Stewart para “volverse verde” incluyen desde propuestas previsibles (todas referidas a la iluminación) hasta medidas absolutamente chifladas como luchar contra los mosquitos criando murciélagos.

    Los tips que da Stewart para “volverse verde” incluyen propuestas previsibles (todas las referidas a iluminación), alternativas algo sorprendentes (como preparar artesanalmente los productos de limpieza, usando bicarbonato de sodio para limpiar casi todo) y medidas absolutamente chifladas, como luchar contra los mosquitos criando murciélagos (“comen hasta dos mil mosquitos por noche” aclara Stewart).
    La última medida –que no propuso Stewart pero a esta altura da igual– es la de los “eco-regalos”. En la pasada Navidad, Donna Hoffman, una ambientalista de Texas, cayó a la cena de Nochebuena con tubos de luz fluorescente para todos los miembros de la familia y le arruinó la velada a más de uno con sus predicamentos contra las luces del arbolito (“es un desperdiciode energía y genera calentamiento global”).
    Para que la parentela no se les venga al humo, algunos ecoansiosos consultan la página web del Sierra Club, un espacio que provee respuestas ecológicas concisas con las que enfrentar los clásicos embates que se dan en las reuniones familiares. Pero ninguno de estos consejos le sirvió a Claire Roby, una chica de 26 años que llevó de regalo navideño una serie de relojes fabricados con CD en desuso: casi todos le dijeron que eran una porquería.
    En cuanto a Colin Beavan y Michelle Conlin, la pareja que se embarcó en el proyecto No Impact, lo único que piden para Navidad —según su página web— es un rollo de papel higiénico.

    EL DILEMA DE LA LAMPARITA

    Del total de energía eléctrica consumida en el país, entre el 20 y el 35% es utilizado en iluminación. Según los ambientalistas, la medida más rápida y efectiva para reducir este consumo es el reemplazode lámparas incandescentes por las de bajo consumo, que duran entre ocho y diez veces más y consumen cuatro veces menos.
    ¿Por qué las lámparas de alto consumo son perjudiciales? Porque requieren más energía y eso se traduce en mayores emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera: un proceso que es considerado mundialmente como el culpable del calentamiento global y del cambio climático. Por cada kilovatio-hora (kWh) de electricidad que ahorramos evitamos la emisión de, aproximadamente, 800 gramos de dióxido de carbono. De esta forma, el ahorro de energía favorece el cuidado del medio ambiente, contribuye a evitar lluvias ácidas, contaminación del aire, residuos radiactivos, riesgo de accidentes nucleares, destrucción de bosques, devastación de sitios naturales y desertización.
    Para el Gobierno, sin embargo, el factor de peso a la hora de alentar el bajo consumo no es la hecatombe mundial sino la nacional: la Argentina vive al borde del colapso energético y hay que ahorrar como sea. Las lámparas incandescentes convierten el 85 por ciento de la energía que consumen en calor y sólo el 15 por ciento en luz.
    Mientras que, en las de bajo consumo, la emisión de calor es casi nula. Con esta ecuación en la cartera, Cristina K salió a pedir a los ciudadanos que ahorren. Pero obvió un dato: a nivel nacional, el mayor consumidor de energía eléctrica es el sector industrial (con un 43% del consumo), seguido por el residencial (con un 29%).
    Todavía sigue sin quedar claro cómo van a ahorrar las industrias.

    AYUDE PERO NO ENLOQUEZCA

    Algunas alternativas razonables para cuidar el medio ambiente sin caer en prácticas maniáticas:

    -Apagar las luces al salir de las habitaciones y apagar los aparatos cuando no se los está usando.
    -Controlar el etiquetado de eficiencia energética (obligatorio para heladeras y freezers) cuando se va a adquirir un artefacto eléctrico.
    Y en lo posible exigir la tecnología greenfreeze, que no utiliza gases CFC, ni HCFC, que destruyen la capa de ozono, ni HFC muy peligrosos para el cambio climático.
    -Usar pintura blanca o de colores claros y brillantes para techos, paredes y muebles. Reflejan y distribuyen mejor la luz.
    -Si una computadora tiene que quedar prendida muchas horas, apagar el monitor (que es lo que más consume). El único modo de salvapantallas que ahorra algo de energía es el que deja la pantalla en negro.
    -Ante la compra de un aire acondicionado, elegir uno de enfriamiento evaporativo que, además de consumir menos, evita los gases destructores de la capa de ozono. En cualquier caso, seleccionar el que menos energía consuma y exigir que no utilice gases CFC, HCFC o HFC.2
    -Ubicar el aire acondicionado en la parte sombreada del edificio. En días calurosos, encenderlo antes de que el edificio se caliente.
    Establezca la regulación de la temperatura de refrigeración de los aires acondicionados en 24º.
    -Lavar en frío o a menos temperatura. Es mejor si se disuelve el detergente en polvo antes de iniciar el lavado. Centrifugar lo menos posible.
    -Al comprar un lavarropas o lavavajillas nuevo, pida los que menos energía y agua consuman.

    Fuente: Greenpeace Argentina
    Editado por psico en 31-May-2008 a las 01:40 AM
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    #2
    Yo sé que es medio larga la noticia, pero es muy interesante para debatirla.

    Les dejo algunos ejes posibles:

    -Ecoansiedad y ecoterapeutas (en especial ese comentario de que acá en Argentina se los "comerían crudos" los analistas, jajaja).
    -"Neurosis del ama de casa" y ecomamis
    -Sentimiento de culpa
    -Otras perspectivas sobre el calentamiento global: la APA (asociación Anti-Pachamamistas en Acción)
    -Motivos económicos de muchas medidas (Ej. la de repartir lamparitas bajo consumo siendo que el sector industrial es el que más consume, la venta de productos "ecológicos", etc).
    -Capitalismo y "moda" ambientalista
    -Contradicciones en los distintos planteos
    -Beneficio primario y secundario del síntoma en la "ecoansiedad"
    -La ecopsicología,popularizada a principios de los 90 por el crítico social Theodore Roszak, quien escribió dos libros que exploraban el lazo entre la salud mental y la salud ecológica
    -El que crean pertinente agregar.
    ¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?
    Primus non nocere!

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