Valentín Fuster irradia confianza en sí mismo, y aunque él añada que también conoce sus limitaciones, el interlocutor llega a dudarlo. Y es que este cardiólogo español afincado en Nueva York y Madrid, produce un efecto ambivalente: resulta algo distante y altivo, pero a la vez inspira tranquilidad y el deseo de tenerlo cerca el día que a uno le falle el corazón. Su vida se la guarda para sí con celo, pero sus ideas las comparte y las baña de un idealismo gratificante en un triunfador acostumbrado a competir.

Su padre y sus dos abuelos eran médicos. ¿Cuándo decidió que sería cardiólogo?
-Tenía un gran tutor y amigo, que era Pedro Farreras Valentín, el autor del gran manual de medicina interna, y le dio un infarto a los 49 años. Creo que de alguna manera, por ser mi tutor, me transmitió la necesidad de entrar en detalle en donde él se encontraba más débil: no sólo por su enfermedad, sino porque creía que de sus conocimientos médicos era donde más flaqueaba.

Salió de España para completar su formación.

-Orientado por Farreras, me fui 3 años a Escocia y allí hice mi tesis doctoral en cardiología. Después me fui a Estados Unidos con la idea de estar uno o dos años, pero allí sigo.

Dicen que siempre ha querido volver y que seguro que al final lo hará.

-Estoy muy bien en Estados Unidos.

Al iniciarse la década de los 90 hubo intentos de que regresara.
-Javier Solana era ministro de Educación y puso empeño en que regresara. Había una opción en Madrid, pero me ofrecían entrar en un proyecto de investigación del Carlos III, en un departamento sin enfermos. Entonces, Solana sugirió que viniera a Barcelona para desarrollar una labor asistencial, académica y de investigación. Pero no salió adelante.

De Barcelona me han asegurado que sus colegas temían la competencia que usted suponía, y que así se lo trasladaron Ciril Rozman y Luis Revert para disuadirle.
-No lo recuerdo. Rozman y Revert siempre han sido buenos amigos míos y sus consejos siempre fueron muy genuinos. En estos momentos no recuerdo exactamente cuál fue su labor en este sentido. He oído muchas cosas, pero lo cierto es que nunca he sabido la razón por la que ese intento falló. No sé si hubo un motivo político, de médicos, de investigadores... Tampoco me he preocupado, porque es una pérdida de tiempo y al fin y al cabo en Estados Unidos estaba bien. Lo que ocurre es que yo pensaba que tenía la preparación y formación en cardiología e investigación necesarias para cumplir una labor con la gente joven de España. Nadie es imprescindible, pero creo que hubiera hecho una buena labor.

¿Había un factor emotivo para regresar?
-Seguro, pero si no cuajó quería decir que el sistema español no estaba preparado o receptivo en ese momento. Uno ha de ir donde su energía va a ser mejor empleada y creo que la mía lo ha sido en Estados Unidos, aunque claro que emocionalmente me hubiera gustado hacerlo en España.

Le elogian por formar grandes equipos.
-Yo experimenté en mis inicios la importancia de los tutores. Después he tenido la posibilidad de participar directamente en la formación de 200 personas, al margen de mi papel en los programas docentes.

¿Y en la investigación?
-Tengo un equipo muy integrado, conocen sus limitaciones y talentos. Por allí han pasado españoles muy interesantes, como Lina Badimón y su hermano, que sigue conmigo.

Ahora que está de moda recuperar a los consagrados, veo que usted apuesta por los jóvenes.
-Hay un error en creer que traer a un individuo que ha destacado fuera va a solucionar todos los problemas. Es un absurdo. Eso no crea un sistema si la infraestructura no está preparada. En España veo un cambio en los últimos 3 años, pero lo principal sigue siendo descubrir gente joven y darle oportunidades.

Usted explotó profesionalmente en Estados Unidos.
-Si uno está despierto y alerta, Estados Unidos le da oportunidades como ningún otro país. También hay que estar dispuesto a trabajar mucho. Los que hemos salido adelante no habremos trabajado menos de 13 horas al día. Pero allí, cuando uno da, recibe.

¿Ser español fue un obstáculo?
-No recuerdo una instancia en la que yo haya tenido conciencia de haber sido marginado por ser español. Me eligieron presidente de la Sociedad Americana de Cardiología teniendo pasaporte español.

Hace un año del 11 de septiembre. ¿Se han vuelto los americanos más recelosos?
-Se han vuelto vulnerables. La mentalidad americana era de confianza, triunfo, del país capitalista de las posibilidades y ese mito de la nación única que podía vivir al margen del mundo, se ha caído.

Volvamos a cómo logró hacerse un hueco en el país de las oportunidades, pero también de la competencia.
-Es evidente que no es un país sencillo, porque debes estar continuamente trabajando para sacar nuevos proyectos de investigación adelante. No te dan dinero por llevar ahí 15 años.

¿Todavía se siente a prueba?
-Continuamente.

¿Le estresa?
-Lo estresante es no tener trabajo o posibilidades. Nosotros estamos continuamente a prueba, no hay posiciones permanentes.

Viéndolo en positivo, eso le da a uno vitalidad.

-Yo creo que da confianza. Siempre digo a los jóvenes que es importante trabajar en lo que a uno le gusta. A la larga, si no estás involucrado en lo que haces, te desgasta más. Hace falta mucha energía, mucho entusiasmo, sobre todo en una profesión liberal.

No sé si allí es usted conocido, pero aquí es popular por ser un español que ha triunfado en Nueva York.
-Nunca he estado en la política, ni en la burocracia. Para mí lo importante han sido los objetivos claros, éticos, y no tengo nada que ocultar.

¿Asume que es un referente para los jóvenes médicos españoles?
-Siempre es un cierto halago tener eco entre la gente joven, porque son los que más necesitan de ejemplos, de trayectorias que les resulten atractivas. Si a mí se me ha dado un talento para formar, es un plus de responsabilidad. Si puedo transmitir entusiasmo por la investigación a un grupo de jóvenes es mi obligación hacerlo.

¿Ha tenido usted tiempo para ocuparse de la educación de sus hijos?
-Tengo la satisfacción de pensar que el mejor amigo de mis hijos soy yo, y los dos son muy distintos. Nuestra relación es extraordinaria y muy intensa; incluso siguen pidiéndome consejo.

Su hijo Paul se ha instalado en Cataluña y es músico.
-Es extraordinariamente creativo; podía haber sido poeta igual que músico.

¿Por qué él sí se ha decidido a vivir en España?

-Vino para unas vacaciones y se quedó para pensar sobre su futuro. Aunque lleva un par de años aquí, la decisión de dedicarse a la música es reciente, y le sabe mal la imagen que se ha dado de él, porque corresponde a hace algunos años y ahora es más serio. Y nuestra hija es arquitecto y vive en Filadelfia.

Entre sus aficiones destaca el ciclismo, pero además muy en serio.
-He subido tres veces el Tourmalet y muchos otros picos (enumera varios).

¿Cómo se prepara?
-Le extrañará, pero ante todo es una preparación mental. Hay que confiar en que uno lo puede hacer. Cada año hago una parte de una etapa del Tour de Francia; intento que sea la más difícil.

Le gustan los retos.
-Bueno... sí, pero es el reto físico y en la naturaleza. Dos meses antes hago ejercicio sin bicicleta. Vengo a Cataluña cada año un par de semanas, cojo la bicicleta y hago entre 40 y 80 kilómetros al día en montaña. Este año tocan los Alpes, el próximo iré a Italia.

Prefiere prevenir a intervenir.
-Los recursos son limitados y sin querer parecer un mesías le recuerdo que dos terceras partes del mundo viven en la miseria. La medicina, sobre todo la cardiovascular, es muy cara, así que sería más barato prevenir que lo que estamos haciendo. La prevención debe ser a cargo del Estado, que no puede apoyarse en las tabacaleras, y debe estar incentivada.

Mientras que por ahora ni siquiera se aprecia esa labor.
-Efectivamente. En el sistema sanitario las enfermeras son un elemento clave por todo lo que hacen y creo que deberían intervenir más en la prevención. Esto requiere una concienciación pública y política.

¿Le atrae entrar en política y aplicar sus ideas?

-Algún día podría ser. He tenido muchas oportunidades, pero soy partidario de utilizar el talento de cada uno de la mejor manera posible y por ahora en mi caso creo que debo seguir con lo que empecé hace más de 25 años: ver pacientes y formar médicos. Lo que sí pienso es que el que tenga vocación política debería asumir esta responsabilidad de garantizar cierto nivel mínimo de salud. Pero yo hablo de algo más: de dar un salto a largo plazo.

¿Qué hace usted para propiciar ese salto?
-Ahora estoy muy involucrado en países en desarrollo a través de la Fundación Mundial del Corazón. Me voy a dedicar a países del Tercer Mundo y mi misión será a largo plazo.

¿Va a ser esa la válvula de escape de su vocación política?
-Sí y mi incentivo será lograr que haya personal sanitario capaz de hacer prevención.

Cuando deje la investigación activa, ¿se ve dedicado a ese tipo de actividad política?
-Es cuestión de personalidad. Yo, si no hago algo por alguien no me siento bien. Supongo que nací con confianza personal y otros dedican su vida a adquirirla. No sé si por educación, pero he vivido con confianza personal, aunque conociendo mis limitaciones. Eso me ha dado la oportunidad de subir otro peldaño: el de intentar hacer algo por la sociedad en la que vivo.Y me centro en los más vulnerables: los jóvenes en formación y los países en desarrollo. Si a los 80 años mi mente aún me funciona estoy seguro de que estaré haciendo algo, aunque no sepa qué será.

¿Tiene alguna pista?
-Hay una situación interesante: la vida se alarga y hay que saber cómo manejar una sociedad de gente mayor. A mí me gustaría participar en ello. Pienso que hay que intentar que la gente mayor se ayude entre sí. Que el que tenga salud a los 80 años pueda hacerle la compra al que no esté bien.

Fomentar la vejez activa y solidaria.
-Claro, y el Estado debe apoyar a quienes jueguen un papel activo en favor de sus semejantes.

¿Le asusta la vejez?
-Yo creo en el destino.

¿Se prepara? -Eso sí; tengo muchas aficiones e intereses, así que cuando deje la medicina podré dedicarme a otras muchas actividades.

¿Por ejemplo?
-A escribir.

¿Qué género?
-He conocido personajes de todo tipo, de todas las clases sociales. Tengo mucha experiencia como médico en ese sentido y en el de la competencia dentro del mundo de la investigación.

¿Es tan dura como parece la competencia en la investigación?
-El mundo es competitivo por principio. El problema es que hay mucha gente se dedica a algo para lo que no está preparado. El 80 por ciento de los investigadores actuales no sirve para investigar y van cayendo, no reciben dinero... Por eso es tan importante conocerse, para no hacer algo para lo que no se tiene talento.

Quizá lo hagan porque el sistema exige investigar y publicar para ser alguien en medicina.
-Francamente, pienso que si uno llega al punto en el que necesita publicar mucho para mantenerse, es que está en el camino equivocado. Eso no es competitividad, es selección natural. No hay que dejarse llevar. La meta es conocerse a sí mismo y lanzarse donde uno cree que es capaz, no donde le diga la sociedad.

¿Qué cualidades debe tener un investigador?
-Intuición y creatividad; ver lo que va a pasar antes de que pase.

¿Y un médico clínico?

-Lo mismo. Los mejores médicos intuyen inmediatamente lo que pasa.

Además está el trato humano, que usted cultiva con sus enfermos.
-Es que si me quiere definir de una manera le digo algo: quiero al ser humano; eso es todo (dice la frase en inglés). A mí me gustan las personas. Me pone delante a una gitana y al presidente de Estados Unidos y son dos personas distintas, pero yo siento lo mismo por ellos, porque son iguales.

Después de tantos años, ¿le sigue sorprendiendo el ser humano?
-La genética dice que en más del 99 por ciento de los genes somos iguales. Al principio me sorprendía, pero me he dado cuenta de que el que vive en Harlem es como el que vive en Wall Street, aunque quizá sea más feliz el primero.

En el siglo de la genética, ¿es determinista?
-No, pienso que existe la personalidad, los elementos de libertad y creer que todos estamos teledirigidos es una sandez.

¿Cree en los milagros?
-Es algo complejo, porque me he visto implicado. Lo que creo es que hay situaciones que son inexplicables. De lo que estoy seguro, y es algo que se aprende haciendo ciencia, es de que somos limitados. Cuando veo las controversias entre ateos y creyentes que son radicales me hacen gracia, porque a mí me pregunta usted si creo en los milagros y no sé qué contestar.

Usted fue convocado para investigar en un proceso de canonización.
-Le dediqué 2 años y puedo decir que es un caso extraordinario médicamente, y lo puedo decir porque era un caso cardiológico. Lo que no puedo es trascender más allá.
¿Qué pensó cuando le pidieron su opinión?
-Dudé si hacerlo. Pero me interesó penetrar en algo tan raro para la gente común como es el Vaticano. Quería conocerlo más de cerca. Tenía una imagen negativa, burocrática... Pero al llevar este caso, a mí nadie me presionó y tuve libertad absoluta, sagrada. También me atrajo la parte que menos se conoce y que es la menos burocrática. Fue una buena experiencia. Me llamó la atención la cantidad de gente joven que hace labores importantes. Era un ambiente muy informal en contraste con lo que uno espera. Y luego, este Papa se ha rodeado de gente muy informada.

¿Le removió algo por dentro ese caso?
-Mi labor fue estrictamente científica. Me limité a afirmar que desde mi conocimiento no podía explicar lo sucedido científicamente. Una prueba más de la ignorancia humana y de que somos limitados.

¿Qué le gustaría conocer antes de morir?

-Si me muero mañana creo que lo haría satisfecho de lo que he conocido. Lo que más me ha satisfecho ha sido conocer todas las facetas de la sociedad y trabajar con gente joven. Ha sido interesante comprobar que en el fondo todos somos iguales y que lo demás es un disfraz.

¿También usted se disfraza?
-Todos nos disfrazamos. Ahora me ve con el traje y la corbata y es un disfraz. Es algo superficial. Todos andamos muy disfrazados, pero a la vez yo intento ser muy honesto conmigo mismo y no engañar.

¿Qué exige a un colaborador?

-Honestidad. Y es una de las razones por las que tenemos un equipo tan cohesionado. La gente es como es, todos conocemos nuestras limitaciones y no intentamos competir entre nosotros. Es como la amistad: tú le expones a tu amigo todas tus deficiencias y estás tranquilo.

¿Establece relación personal con el equipo?
-Guardo bastante distancia. No me llaman por mi nombre de pila, pero quizá tenga una relación más abierta que otros que se tutean. Pienso que debe existir cierta barrera, porque de otra forma la situación puede degenerar. Es importante mantener la distancia para no perder la objetividad. A mí los VIP vienen a verme porque saben que yo al pan, pan y al vino, vino. No les voy a tratar de forma distinta, y con ellos establezco las mismas barreras, porque me da libertad. No acepto que un paciente me llame por mi nombre de pila, y no es altivez, sino afán de mantener una distancia objetiva.

¿Así preserva su autoridad?
-No es eso. Yo creo en la confianza, no en la autoridad. El médico es un amigo y ha de estar al mismo nivel. Si el médico no muestra compasión o aparece altivo, está perdido.
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Esta es una parte de una entrevista realizada al Dr. Valentín Fuster, una de las mentes más brillantes de la mitad del siglo XX:
Valentín Fuster es perfeccionista, exigente y muy formal. En sus intervenciones públicas supervisa hasta los enchufes, porque no quiere que nada perjudique el mensaje. Tal es su sentido de la responsabilidad que cuando sus hijos eran pequeños y él tenía que viajar frecuentemente llegó a hacerlo en vuelos distintos a los de su mujer para evitar dejarlos desprotegidos si sucediera algo. Su agenda está repleta de compromisos, conferencias y consultas demandadas de todo el mundo. Pero su mente -que todos consideran privilegiada- puede con eso y con más. En lugar de regodearse en sus éxitos y su brillante carrera, prefiere llevar la entrevista -esto de dirigir se le da muy bien- hacia terrenos que ahora le interesan más: la solidaridad, la prevención.. en una palabra, la Humanidad.