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De cómo el sistema inglés aplastó la medicina social

De cómo el sistema inglés aplastó la medicina social

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    De cómo el sistema inglés aplastó la medicina social

    La crisis del concepto de medicina social desde Foucault

    El siglo XVII, para la reputación médica, empezó con el pie equivocado si nos guiamos por los versos de Quevedo:

    Dar dineros al concejo,
    presentes al que sanó
    por milagro o por ventura,
    barbar bien, comer mejor.
    Contradecir opiniones.
    Culpar siempre al que murió
    de que era desordenado
    y ordenar su talegón.
    Que con esto y buena mula,
    matar cada año un lechón
    y veinte amigos enfermos;
    no hay Sócrates como yo.
    Si seguimos recorriendo otras decenas de años para adelante, esta vez en Francia, con Molière, no encontramos fórmulas mucho más exitosas:

    Argán: ¿Y el latín? ¿Y conocer las enfermedades y los remedios que deben aplicarse?
    Beraldo: En el instante de vestir el ropón y birrete de médico, aprenderéis todo eso, y después seréis aún más diestro de lo que deseáis.
    Argán: ¡Cómo! ¿Conoce uno las enfermedades con sólo llevar esa indumentaria?
    Beraldo: Si. En cuanto se habla vistiendo toga y birrete, todo charlatanísmo resulta sapiciencia, y todo desatino se convierte en razonable.
    Toñita: Además, señor, sólo con vuestra barba tenéis la mitad del camino recorrido, que unas buenas barbas hacen la mitad de un médico.[1]
    El panorama mejora con las ansias de humanismo vertical que genera el despotismo ilustrado, dando a luz a la medicina social, antecedente de la salud pública. Este humanismo será responsable de los primeros trabajos de ética médica y de los estudios sobre medicina. Pero, ¿hasta qué punto es confiable el concepto de medicina social? Foucault es determinante: la medicina social no existe, porque toda medicina es de por sí social: lo que existe es el mito de la medicina individualista que justifica el ejercicio privado de la profesión.

    Vino la revolución industrial y su empuje a las ciencias, entre ellas las médicas. Vinieron también los fenómenos migratorios, de una densidad nunca antes vista y, con ellos, las consecuencias nefastas de mala alimentación y condiciones insalubres. Proliferaron de la mano las enfermedades infecciosas como la tuberculosis y otras tales como la pelagra o el raquitismo, junto a los progresos en las condiciones técnicas para lograr mayor eficiencia en la asepsia y la cirugía.

    Para Foucault la medicina social no surge en Francia, como muchos creen y como fue el caso de Alemania, apoyada por la estructura del estado, sino como un fenómeno resultante de la urbanización. Estaba cerca de las pequeñas comunidades, ciudades y barrios, sin contar con ninguna herramienta específica de poder. Mientras en el siglo XVII el peligro social estaba en el campo, en el siguiente los migran a la ciudad, donde el miedo a las epidemias era una cuestión suficiente para justificar el sistema de vigilancia que dividía y controlaba el espacio urbano.

    El concepto de higiene pública aflora como una técnica de control y modificación de los elementos del medio que pueden favorecer o perjudicar la salud. Salubridad e insalubridad son el estado de cosas y del medio en cuanto afectan a la salud; la higiene pública es el control político-científico de este medio. La medicina urbana se apoya en estos pilares en Francia y abarca lo esencial de la medicina social.

    El capitalismo socializa el cuerpo en función de su fuerza laboral. El control de la sociedad no sólo es ideológico, se opera en el cuerpo. La higiene pública fue sólo una forma de hacer medicina social, que quedó opacada luego por el brillo del sistema inglés.

    La medicina de la fuerza laboral, de Inglaterra, es jerárquica: primero el Estado, luego la ciudad, más, mucho más tarde, los pobres y los trabajadores, a quienes se les empieza a prestar atención cuando el miedo a las epidemias se suma a grupos de prostitutas, homosexuales, inmigrantes y demás ‘individuos potencialmente peligrosos’ empiezan a llegar a la ciudad. Entonces, para solucionarlo, se divide el recinto urbano entre pobres y ricos.

    Este modelo venció al de la medicina urbana. Su fin era que las clases más necesitadas fueran aptas para el trabajo y menos peligrosas para las adineradas. Genera tres sistemas médicos superpuestos, uno que se dedica a la asistencia a los pobres, otra a problemas generales como la vacunación, y una medicina privada, más refinada, que beneficia sólo a aquellos que pueden pagarlo. Para contextualizar, empezamos hablando del siglo XVII y estamos todavía en 1875.

    Hoy, con adornos más o menos sofisticados, también.


    Agustina Jazmín
    agustina.jazmin@mancia.org

    [1] MOLIÈRE. El enfermo imaginario. (1673)
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