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“Mederi” en esta actualidad

“Mederi” en esta actualidad

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    “Mederi” en esta actualidad

    “Mederi” en esta actualidad (o un espacio estatal que no deja lugar a lo público).



    El caer en la cuenta, el haber pasado un tiempo interno para conquistar otro, de síntesis, de conclusión, implica un recorrido previo que ni los dioses saben.

    Tenemos una fuerte raigambre occidental de cuna en los clásicos, en los antiguos, que enaltecían el oráculo, y que incluso hoy eso tiene sus efectos, sus inercias.
    Repetición de un esquema asimilado hasta el hartazgo, de cosas que se hacen sin saber uno bien porqué, y que a veces no es tan fácil dejar de hacer.
    Hasta que se da el tiempo que decíamos al principio.

    Porque incluso los griegos, que amaban al enigmático oráculo, elaboraron un espacio, un lugar dentro de su entramado social y del discurso cotidiano: la acepción Mederi. “Mederi” significaba tratar un mal, curar. O sea que más allá del decir de los Dioses del Olimpo, con los padeceres humanos había que hacer algo, ponerse en campaña, efectuar una modificación en el espacio o en el cuerpo para evitar su inminente empeoramiento o su fallecimiento.

    Posiblemente esos pueblos y los que vinieron hicieron caso omiso a ésa realidad de las cosas, pero el efecto satisfactorio de ciertas acciones tuvo ya su peso en las gentes. Si una víbora (serpentium) mordía a alguien, con implorar no alcanzaba: había que extraer el veneno (mederi contra ictus serpentium: curar la mordedura de una víbora).

    Tamaña labor fue gestando la figura de ciertos “expertos” que ganaba terreno en las sociedades, generando un modelo médico (objeto de controversias desde hace unas décadas). El actuar en circunstancias difíciles del soma originó un saber acumulativo e incluso un saber idiosincrásico en los foros. Sin detenernos en los sucesos que la historia enciclopédica nos ofrece, es de importancia destacar que el “médico” (Médico, en latín medicus, se formó a partir de mederi, igual que ars medica ‘el arte de curar’) es, discursivamente, un “sabedor”, un sabio de ciertas cuestiones.

    Ahora bien: los vaivenes del Poder fueron llevando, encasillando el renombre de El Médico, El Profesional, a un espacio rentable, como un caballo de batalla o un bastión político- social al servicio del negocio, de lo mercantil (o sea, lo perteneciente al mercader).

    Repasemos: el médico no perdió su devoción divina (por caso, hay cirujanos que en su intimidad encomiendan su mano a jesucristo, o se confiesan asiduamente); tampoco su acopio mental de instrucciones, instrumentaciones y conocimientos: perdió un lado, una cara, un aspecto de su saber: el saber hacer por sostener su lugar. Citemos al sistema de residencias: ya nada oculta que articula la función médica con una estrategia tributaria al estado: R1, R2, etc, cansados, exigidos, presionados por sus superiores y por un inflexible público al que frecuentemente el sólo estímulo de estar frente a un ambo les origina una respuesta de demanda exhaustiva, lo que produce una reacción obvia de despersonalización profesional que hace declinar el nivel de atención apropiada a cada caso.

    El fundamento de enseñanza del sistema de residencias, lo que vulgarmente se ubica como “da experiencia”, es técnicamente una memoria motriz, basamento de muchos oficios más que de profesiones, que se puede adquirir mejor y con mejor pronóstico de aprendizaje con 6 horas diarias de ejercicio y algunas más de estudio, con maestros que sean verdaderos maestros (o sea que incluso aprendan de su propia enseñanza) y no de estilo demagógico, pues eso no genera aspectos propicios de atención a las personas (lo que hacía el medicus), sino francos automatismos.

    Considero que no se trata de una pérdida irremediable: es una pérdida parcial y transitoria.

    Y digo: es preciso desprenderse de una imagen que obtura toda posibilidad emancipatoria: el discurso de Olegario y Jesusa en “M´hijo el Dotor” (obra cuya lectura recomiendo por poseer, no conocimientos científicos, sino saberes cotidianos de peso); desencantarse de la ilusión de buen pasar de la que gozaban cómodamente e hipócritamente (no hipocráticamente) algunos profesionales de antaño, pues no sería raro que en un futuro no muy lejano los mecanismos neo- liberales tan engañosos de Hoy hagan con los sectores más selectos y eruditos lo mismo que desde hace tiempo con los más desfavorecidos: vender humo con la idea de una vejez feliz y una jubilación sonriente. Futuro sólo promisorio, pero por cierto incierto: el stress de los treinta años florece en los achaques de los sesenta, acompañado de la angustia amarga sólo poder estar frente al televisor (sentándose despacio para no golpearse la espalda y cambiando de canal para no ver las generaciones venideras tan pobres, producto de las pobres quejas políticas de antaño).

    Se trata de tomar la vía resultante del movimiento social, de tener una posición respecto a los poderosos de turno, más allá de la plataforma política de la que se hallan subidos, así como está pasando en el sistema educativo con la educación popular: ganar terreno en la autogestión, en el sentido de que quienes tomen las decisiones sean quienes conviven con las condiciones de trabajo: las exigencias de descanso se pagan con horas de sueño pagas y con mayor número de compañeros en actividad, no con endulzar el oído con frases como “vocación de servicio”, “función sublime”, etc.

    El Poder no se halla en un solo sector: está distribuido estratégicamente. Eso ya se sabe. En ésta era de la informatización de las relaciones, parece clave aprender a captar. No a acumular conocimientos (Internet), o a hablar de soluciones de orden imaginario (terapias naiff), sino a establecer nuevas formas y relaciones de actividad creativas, propulsoras de verdaderas integraciones (no meras inclusiones).

    A curar ahora, entonces, nuestros legítimos espacios.

    Mariano Constantino (mariano_constantino@yahoo.com.ar)
    Le agradecemos a Mariano, escritor invitado, quien nos acercó su artículo por medio de
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    1- Diccionario de la Lengua Española - Vigésima segunda edición, Barcelona, 2.010.
    2- El Castellano.org – La Página del Idioma Español-http://www.elcastellano.org/palabra.php
    3- Florencio Sanchez, M' Hijo el Dotor, (1.903), Editorial Longseller.
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