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Estético-a-holics, pasión por el bisturí

Estético-a-holics, pasión por el bisturí

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    Estético-a-holics, pasión por el bisturí

    Cuando el paciente se transforma en un consumidor



    Etimológicamente, el paciente, en términos médicos, se define como un enfermo que sigue un tratamiento guiado por un médico. El cliente, en cambio, es aquel quien accede a un producto o servicio mediante una transacción financiera, es el consumidor de un bien. No sorprende a nadie que hoy todo se encuentre sumergido, empapado, atado tal vez a una red donde prima el intercambio y la palabra clave es dinero. La salud es —debería ser— un bien público al cual tienen —deberían tener— acceso todos los habitantes, pero los médicos, que prestan un servicio, perciben, como todo trabajador, un salario por las actividades que llevan a cabo.

    Así y todo, la relación comercial tiende a darse entre el empleador —hospital u otro centro de salud— y los profesionales, y entre médico y paciente el vínculo no debería verse llevado a una relación consumidor – vendedor. Este hecho, que se mantiene claro al considerar a un paciente y a su médico de cabecera, se desfigura cuando se ingresa en el terreno de la cirugía plástica, donde quien acude no tiene por qué verse afectado por una enfermedad y tergiversa su rol de paciente en consumidor de un servicio en el sentido más nato, se transforma en cliente.

    A una larga lista de a-holics se les suman, ahora, los estético-a-holics, aquellas personas que tienden a obsesionarse por la estética. Se cruzan con los shop-a-holics en el punto en que uno y otro se esmeran en consumir productos de moda: en un caso un tapado de la última colección otoño-invierno; en el otro unas piernas bien torneadas o una nariz más fina.

    Los estético-a-holics acuden con más frecuencia de la recomendada al consultorio del cirujano plástico, que hace las veces de un diván donde se intenta resolver, de un modo cuya efectividad es bastante discutible, el temor a envejecer y la pasión por cumplir a rajatabla con un ideal de belleza que —vale la pena recordarlo— no responde a una verdad esencial, sino apenas a un estereotipo impuesto en el aquí y ahora por una sociedad que no deja de codearse con lo frívolo y banal, considerando cuestiones superficiales, como puede ser la apariencia física, como uno de los valores más elevados.

    No tan curiosamente, los cirujanos plásticos vienen inmediatamente después de los psicólogos y psiquiatras en el ranking de los profesionales que reciben más pacientes con problemas psicológicos. Incluso chicas menores de edad, en pleno desarrollo hormonal, acuden al bisturí para modificar determinados aspectos que ellas consideran precozmente como imperfecciones. Queda claro que la cirugía plástica ha dejado de ser dominio por excelencia de las modelos y actrices. La distinción entre géneros también resulta inútil, pues cada vez son más los hombres que se animan a pasar por el quirófano.

    Al sentirse tentados por los cambios que consiguen en su figura, el pasaje por el consultorio del cirujano se transforma en algo cotidiano, pudiendo derivar en una patología psiquiátrica. La presión cultural que pone ideales de belleza inalcanzables en un pedestal empuja una y otra vez a los estético-a-holics al filo del bisturí y, sin contar cuantas veces acudan, jamás podrán alcanzar aquel ideal idílico e irrisorio y, por consiguiente, tampoco lograrán tener entre sus manos la felicidad plena que esa imagen perfecta promete pero nunca cumple.

    De las reuniones de tupper ware a las botox parties, del breakfast at Tiffany's a los peelings after lunch, la rueda sigue girando, las operaciones resultan cada vez más accesibles, la obsesión por mejorar el aspecto oculta insatisfacciones y desequilibrios mayores y hay un juego bastante macabro que consiste en taparlo todo con un velo y considerarlo una conducta socialmente aceptada. O, peor: deseable.

    Así, quien empieza como un paciente termina transformándose en un cliente; el cirujano en un peluquero; el quirófano en un diván para canalizar —estúpida, inútilmente— las frustraciones; el bisturí en una herramienta con ínfulas de varita mágica; el cuidado de la salud en un vestido de gala para una muñeca Barbie.


    Agustina Jazmín
    agustina.jazmin@mancia.org
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  2. Avatar de Julietaffyb
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    Humilde opinión.

    Debería haber una regulación ética a tener en cuenta por parte de TODOS los cirujanos... divisar una línea entre "lo normal" y "lo exesivo"; lo "necesario" de lo "innecesario". Al fin y al cabo son MÉDICOS cirujanos.. tienen todo el poder de derivar al paciente a consulta psicológica, ¿me equivoco?
    Quizás el cliente desista de la carnicería innecesaria (por favor separemos lo innecesario de lo irremediablemente necesario, como en los casos de accidentes o deformaciones...) al darse cuenta de que no va a necesitar pasar por un post operatorio doloroso para sus cuerpillos deseosos de intervenciones. (Quizás)
    Julieta .-
  3. Avatar de Ragamuffin
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    Citar Originalmente publicado por Julietaffyb Ver post
    Debería haber una regulación ética a tener en cuenta por parte de TODOS los cirujanos... divisar una línea entre "lo normal" y "lo exesivo"; lo "necesario" de lo "innecesario". Al fin y al cabo son MÉDICOS cirujanos.. tienen todo el poder de derivar al paciente a consulta psicológica, ¿me equivoco?
    Quizás el cliente desista de la carnicería innecesaria (por favor separemos lo innecesario de lo irremediablemente necesario, como en los casos de accidentes o deformaciones...) al darse cuenta de que no va a necesitar pasar por un post operatorio doloroso para sus cuerpillos deseosos de intervenciones. (Quizás)
    es mucho mas profundo que "estas loca vas al psiquiatra" el analisis que requieren estas situaciones.
    Cada caso en particular tiene sus pros y sus contras. No esta en el cirujano decidir si opera o no, esta en el paciente. Si el cirujano cree que el paciente se esta excediendo, se lo comunica, pero tambien puede negarse si realmente va en contra de lo que cree conveniente.

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