Descifrando el genoma del pinzón cebra


El pinzón cebra, también conocido como diamante mandarín, un animal tan simpático como su nombre, es un ave paseriforme originaria de Australia, que se caracteriza por su plumaje corto y suave de color crema con pintitas grises y marrones, y por sus patas y pico rojizos. Sólo los machos cantan, y comienzan a hacerlo en la pubertad. Su melodía suena como un beep que, al repetirse, conforma una canción bastante compleja. Cuando aún son crías, poseen un tutor que le enseña las nociones básicas para su canto. Lo asombroso es que este sistema de aprendizaje, guiado por 800 genes, es muy similar al empleado por los seres humanos.

Debido a la facilidad para criarlos en cautiverio y poder aprender el canto de un modelo adulto que no necesariamente debe ser el padre, resultan una excelente especie para experimentar en el laboratorio. Y, de acuerdo a las declaraciones de Carlos López-Otín, “el estudio de las variaciones genéticas que distinguen a un ave incapaz de modular sonidos de forma armónica de otra capaz de aprender mecanismos de comunicación vocal, tal y como lo hacemos nosotros, ayudará a entender la extraordinaria plasticidad del cerebro humano".

El pinzón cebra es la segunda ave, luego del pollo común, cuyo genoma ha sido secuenciado. Pero el interés por este pajarito no es algo reciente, de hecho ya hace cuarenta años que se intuía este paralelismo con el aprendizaje humano del lenguaje. Recién ahora, gracias a la colaboración de veinte laboratorios internacionales coordinados por Wesley Warren, del departamento de Genética de la Universidad Washington en Saint Louis, Misuri. Se pudieron descifrar los 18.000 genes que componen el genoma. Algunos de los científicos que cooperaron en la secuenciación son Victor Quesada, Gloria Velazco y Xosé Puente y López-Otín, del Instituto de Oncología de Oviedo.

Mientras más secuencias se dispongan, más se podrá comparar los genomas para generar hipótesis que permitan dilucidar la capacidad de la comunicación vocal de los animales. Se cree que, en este caso en particular, la información sobre el canto podría servir para estudiar patologías humanas como el autismo, el Alzheimer o los tartamudeos. Comparando la información de diferentes especies se podría saber qué genes están alterados en individuos con trastornos del lenguaje y verbalización.

De acuerdo a las declaraciones del catedrádico de Bioquímica, estos trabajos previos son parte del entrenamiento para un plan mayor y más ambicioso, consistente en poder contribuir a la secuenciación del genoma del cáncer humano, objetivo fundamental del grupo.

Agustina Jazmín
agustina.jazmin@mancia.org