Algo salta a la vista en cualquier facultad de medicina, y parece ser que el fenómeno es global: es el decreciente ‘índice de masculinidad’ de las carreras de las salud. La nueva cara, más gentil, de las ciencias médicas.


El camino definitivamente no fue fácil, y la historia de la medicina así lo certifica. Desde la era del Antiguo Egipto, el único rol para la mujer que desease tener una ‘carrera’ en el ámbito de la salud era como partera. Allí se trenzaban conocimientos rudimentarios e informales de obstetricia y ginecología y nada más. Había sido así desde... siempre. Pero desde tiempo inmemorial la mujer se ha rebelado contra impedimentos de ese tipo. En tiempos de la medicina Hipocrática, esta ciencia estaba vedada a las mujeres. Pero Hyginio relata, en el 1er siglo a.C. el cuento de Agnodice. Si es mito o verdad es irrelevante, porque irrespectivo de ello captura la esencia del espíritu de las mujeres que quisieron avanzar (y a mucha honra) sobre campos tradicionalmente masculinos, entre ellos el de la salud. En la antigua Grecia las mujeres, así reza el mito, desconfiaban de los médicos por su condición de hombres. Agnodice, para aprender medicina, debió cortarse el pelo y hacerse pasar por hombre, y continuar esta mascarada para poder ejercer la medicina, ya que la profesión médica estaba prohibida para las mujeres. Una vez se encontró con una mujer que necesitaba asistencia médica, y cuando esta no quiso ser atendida por un ‘hombre’, Agnodice se levantó las faldas y le demostró que era en realidad una mujer, y la paciente se atendió gustosa con Agnodice. Fue creciendo su popularidad entre las mujeres de Atenas como médica, y los hombres (celosos de esto) quisieron ‘acusarlo’ (ya que el verdadero sexo de Agnodice solo era conocido por sus pacientes) de seducir a las mujeres. La llevaron a juicio para ‘condenarlo’, pero su defensa fue simplemente levantarse las faldas, y demostrar que era en realidad una mujer. Esto simplemente enfureció a los médicos atenienses, pero la intervención de una de sus esposas los hizo desistir, e incluso deshacer la prohibición para que las mujeres aprendieran medicina. El argumento de la esposa fue contundente: “no son maridos sino enemigos de sus parejas, ya que quieren condenar a la única persona que descubrió para nosotras la salud”.[i]

La obstetricia siguió siendo dominio de las mujeres toda la historia. La próxima conquista femenina fue la enfermería, cuando Florencia Nightingale comenzó la profesionalización de la enfermería hacia mediados de la década de 1850, cuando pugnó por la atención de los soldados ingleses que morían como moscas en los hospitales de campaña durante la Guerra de Crimea. Trabajó en Scutari (actualmente cerca de Estambul), donde las condiciones de higiene y cuidados eran paupérrimas e infrahumanas. Con su labor logró reducir la mortalidad simplemente logrando la adecuada higiene y ventilación de las salas, reduciendo el hacinamiento, prestando atención a la nutrición de los heridos, y brindando la asistencia que la medicina hospitalaria venía pidiendo a gritos desde hacía mucho tiempo. No solo eso, desarrolló además trabajos de estadística y epidemiología, que ayudaron a determinar el efecto que tenían sus intervenciones en el ámbito de la salud de los soldados que atendía.

La batalla para la matriculación como médicas comenzó desde la segunda mitad del siglo XIX. Elizabeth Blackwell fue la primera en matricularse como médica en Estados Unidos, en 1849. En Argentina, la primera médica fue Cecilia Grierson, graduada en 1889. En todo el mundo las mujeres enfrentaron la burla, el desprecio y lo peor del machismo Victoriano, pero de a poco lograron afiazarse en su nueva conquista en las profesiones de la salud.

Hoy en día, es claro el predominio que ejercen las mujeres en términos numéricos en las facultades de medicina del mundo. Tan marcado es el fenómeno que la Royal Collage of Physicians del Reino Unido encargó un trabajo demográfico sobre el avance de la mujer en el campo de la medicina.[ii] Finalmente asientan en forma más o menos científica cosas que ya se hacían notar: cada vez es mayor la proporción de mujeres que se matricula por sobre los hombres. Que muchas mujeres buscan hacer congeniar la formación de la familia con la carrera médica. Que prefieren por lo general especialidades donde tienen un estrecho contacto con los pacientes, como pediatría o medicina familiar, y en especialidades donde pueden planificar sus tiempos de trabajo para cumplir su rol materno. Pero que eso no las detiene tampoco en su avance en especialidades que aún hoy se reconocen como machistas. Cada vez son más las mujeres que siguen especialidades quirúrgicas (donde aún hoy quedan dinosaurios que las desprecian, por suerte son los menos) como cirugía, traumatología. O especialidades demandantes como anestesiología y terapia intensiva.

Mientras las mujeres avanzan en los campos de la salud, cambia a su vez el paradigma biomédico por uno más benevolente, donde el paciente es el centro y su bienestar el principal interés. Quizás no sea casual que el abandono del paradigma viejo –más autoritario y duro- ocurra al mismo tiempo en el que las mujeres están ganando cada vez más terreno, y que en el futuro se augura dominarán todas las ramas de las profesiones de la salud. Enhorabuena si esto nos lleva por el camino de ejercer una mejor medicina.

Martín Carreras
martin.carreras@mancia.org

[i] Women In Medicine
[ii] http://www.rcplondon.ac.uk/pubs/cont...0781dd0a62.pdf