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Conocimiento médico, entre Hipocrates y el PET

Conocimiento médico, entre Hipocrates y el PET

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    Conocimiento médico, entre Hipocrates y el PET

    Cuatrocientos años no es nada. Ni mil. Para ciertas cosas, ni siquiera dos mil. Frases irónicas para reflexionar sobre paradigmas científicos, especialmente si vamos a hablar de medicina, donde la tecnología de los últimos cincuenta años revolucionó todo de una forma tan radical, que estamos de lleno en una era de medicina casi excesivamente positivista.




    ¿A que viene todo esto? Hace un par de meses un jefe en un laboratorio me pregunto cuanto pensaba que tenía la medicina de ciencia y de arte. Imbuido por ese espíritu de estudiante educado con una idea positivista de la ciencia, donde 2+2=4, uno quizás tiene una esperanza demasiado firme en lo que puede o no lograr la ciencia, especialmente en el ámbito médico. Todo esto hasta que uno comienza a leer un poco más allá de los libros. Trabajos científicos. En el marco de la investigación básica, la lectura es obligada, y abundante, y casi siempre hay algo interesante. Las publicaciones científicas bien habidas son como un barco en altamar buscando el pasaje a las Indias, como el Sputnik orbitando la tierra. Son ese ‘pequeño salto para un hombre, un gran salto para la humanidad’. Es la frontera de lo conocido, que separa lo que conocemos (o creemos conocer) de lo que no conocemos.

    Uno no se da cuenta cuan poco sabe cuando descubre algo nuevo, sino cuando descubre el error en algo viejo. Cuando se da cuenta de que lo que creía saber, en realidad, no es verdad (o no es siempre verdad). Son el tipo de heridas narcisistas que nos hacen cuestionar de nuevo todo lo que nos rodea. Personalmente, en el ámbito del conocimiento científico fue con el paradigma de la génesis de la fiebre: descubrí a razón de la búsqueda bibliográfica que la fiebre no tenía mecanismos tan taxativos y únicos como me habían enseñado, y ahí me pregunte si lo que creemos saber de fisiología, patología, farmacología será cierto, o si mañana en un tris nos echen abajo algún otro paradigma. Es ahí que uno comienza a cuestionarse la posibilidad de que, como el médico de Voltaire, sigamos sabiendo poco sobre los medicamentos que prescribimos, para curar enfermedades sobre las que sabemos menos, a una persona sobre la cual no sabemos absolutamente nada. Aunque sea un poquito. ¿Cuánto sabremos de verdad? ¿Será verdad lo que sabemos? Imposible responderlo, ¿verdad? En base a ello: ¿Yacerá allí el arte de la medicina? ¿Será esa la parte de adivinación, reconocer que aunque parece que sabemos mucho, en realidad ni siquiera podemos estar seguros de que lo que sabemos… sea cierto? El contexto es diferente cuando obramos en función de ese conocimiento: ya no recae toda la responsabilidad sobre el médico, sino que son fármacos o técnicas avaladas por la comunidad científica. Eso le da otro estatus, indudablemente, especialmente si los comparamos con los tónicos que se prescribían en el siglo XVIII. Pero sabemos que no todos los fármacos sirven para todos los pacientes, y que algunos son refractarios a los tratamientos que se prescriben.

    Por ello también depositamos a veces demasiada fe en los medios tecnológicos. Es hora de revalorizar lo que dicen los viejos semiólogos, de la era pre-tomográfica, especialmente si recordamos que siempre hay pacientes que llegan al sistema de salud y se mueren sin un diagnóstico definitivo, o se curan (o al menos remiten sus síntomas) cuando administramos algún tratamiento empírico sin tener un diagnóstico de certeza. Todo esto a pesar de tomografía, SPECT, PET, y el dosaje de los más inusitados compuestos químicos en la sangre y el suero. No sólo eso, sino que todo ese progreso parecería correr tras una quimera, tras la inmortalidad. Si bien toda esta tecnología ha servido para extender la vida en plazos que nuestros antepasados de hace cuatro siglos solo podían soñar, hemos ‘creado’ nuevas enfermedades. La insulina le salvó la vida al diabético, pero lo deja con la progresión inexorable de una enfermedad que daña arterias, riñones y retina. Los infartados sobreviven su infarto, pero quedan con una insuficiencia cardíaca que termina incapacitándolos de por vida. Ni hablar de los accidentes cerebro vasculares. ¿Será por ello que de a poco volvemos a viejas ideas? ¿El cambio del paradigma desde la medicina curativa hacia la medicina preventiva, no caerá, en parte, sobre nuestro desencanto al descubrir que la tecnología, lejos de resolver nuestros problemas, simplemente crea nuevos?

    Irónicamente, en la era de la ciencia más positivista (desde el punto de vista popular, no necesariamente epistemológico), volvemos al Corpus Hipocrático y a la idea de preservar la salud, previniendo la enfermedad. Todo se puede evitar con dieta y ejercicio. Hoy, de la misma manera que recomendaban en la Antigua Grecia. Tecnología vieja en cuánto al saber médico, pero difícilmente perimidas. Lo viejo, vale.


    Martín Carreras
    martin.carreras@mancia.org
  2. Los siguientes usuarios agradecen a Editoriales por haber posteado información muy útil:

    Gisel_C (21-Dec-2009)

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