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Algo sobre el modesto y silencioso Monsieur Leloir

Algo sobre el modesto y silencioso Monsieur Leloir

  1. Avatar de Editoriales
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    #1

    Algo sobre el modesto y silencioso Monsieur Leloir

    El Premio Nobel de Química es el más importante de la decena de menciones que tuvo en su haber. A pesar del éxito, siempre mantuvo una actitud sencilla y perseverante.



    En septiembre de 1906, muy cerca del Arco del Triunfo —esta vez, nada casual— nacía Luis Federico. Dos años más tarde, llega a Buenos Aires en compañía de sus padres. Obtuvo el título de Médico en la UBA y trabajó varios años en el Hospital de Clínicas, pero su desempeño no lo conformaba. Sentía que no era demasiado lo que podía hacer por los pacientes y decidió incursionar en el campo de la investigación.

    Su prima, Victoria Ocampo, cuñada del gastroenterólogo Carlos Udaondo, se encargó de realizar los movimientos necesarios para que Carlos charle con su amigo, nada menos que Houssay, y acepte trabajar junto con Federico, que tiempo después se convirtió en su discípulo. Houssay lo ayudó con su tesis sobre el rol de las suprarrenales en el metabolismo de los hidratos de carbono. Por este tiempo, Leloir decidió seguir algunos cursos en la Facultad de Ciencias para solventar sus escasos conocimientos sobre Química. Mantuvo una estrecha relación con el otro Nobel, quien fue de gran ayuda para su desarrollo profesional.
    Compartían, además, el rechazo hacia la juventud derrochadora, priorizando la economía.

    La Universidad de Cambridge lo recibió en 1936. Sus profesores no fueron menos excepcionales, contándose entre ellos otro Nobel, Sir Frederick Gowland Hopkins. Fue allí donde comenzó a dedicarse por completo a la investigación bioquímica. Al regresar a argentina formó un equipo de trabajo al mando de Braun Menéndez con Fasciolo y Muñoz, manteniendo con todos ellos una muy buena relación. Sus experimentos, descubrieron cierto tiempo después con desilusión, habían estado a la par de otros realizados en Indianópolis por Irwin Page y sus colaboradores. A la hora de nombrar a la angiotensina, el grupo argentino proponía llamarla hipertensina; y los de Indiana, angiotonin. Este tema será tratado más en profundidad en un próximo artículo.

    Le fue concedido el ser parte de la Legión de Honor por el gobierno francés y Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En 1970 fue premiado con el Nobel por descubrir la función de los nucleótidos azúcares en el metabolismo celular. El dinero que recibió, lo donó íntegramente al Instituto Campomar para continuar con la investigación. Se lo conoció como una persona humilde, sin un rasgo de ostentación, incluso Milstein alega no haberlo reconocido la primera vez que acudió a su casa —un “sucucho”— por encontrarlo vestido “con guardapolvo gris, flaco, típico gallego”.

    Más allá de todos los aportes que haya hecho al conocimiento científico, su vida austera dedicada de lleno al conocimiento sin interesarse por la fama y el rédito económico lo convierten no sólo en una personalidad interesante, sino también en un modelo digno de ser imitado.

    Agustina Jazmín
    agustina.jazmin@mancia.org
  2. Los siguiente/s 4 mancianos agradecen a Editoriales por este mensaje de gran utilidad:

    --Nati-- (30-Nov-2009), Darth Menkentor (27-Nov-2010), guadis (29-Nov-2010), Luzbelita (30-Nov-2009)

  3. Avatar de Idioteque
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    #2
    Ví un documental sobre su vida.
    Un tipo muy modesto, hasta tímido. Hasta hacían mención sobre la silla, en la que siempre se sentaba. La que está en la foto.
    Trabajó con la hermana de Maxima Zorreguieta también.
    Y algo, por lo que pocos saben, inventó la "Salsa Golf"

    Excelente aporte!!!
    ROCK
  4. Avatar de Darth Menkentor
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    #3
    Un grande.

    Su medio de transporte fue siempre un FIAT 600.
    La anécdota con Milstein es que le habían recomendado ir a trabajar con el Dr. Leloir.
    Cuando llego al lugar que describe como "sucucho" vio a un tipo alto, flaco, con un guardapolvo bastante derroído.
    -"Debe ser el gallego del instituto"- pensó.
    Se le acercó y, casi sin saludar le dijo:
    -"Che ¿no sabés donde puedo encontrar al Dr. Leloir?"-
    -"Soy yo"- le dijo el otro.
    Milstein se quería matar.

    Respecto de la Salsa Golf:
    Leloir solía juntarse a jugar en el Golf Club de Mar del Plata.
    Un día, con un amigo, decidieron mezclar la mayonesa con el ketchup y así surgió la salsa.
    Dice su amigo que siempre le reprochó a Leloir no haberla patentado.
    -"Hubieras hecho más plata que con el Nobel"- cuentan que sentenciaba su amigo.

    Sin duda alguna un hombre digno de admiración.
  5. Avatar de Darth Menkentor
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    #4
    Acá hago un humilde aporte para que todos lean cuál fue su sentir respecto al Nobel:

    Nadie sabía de él. Pudo haber pasado por el mundo sin más respetos o veneraciones que las de su familia y sus compañeros de laboratorio, porque era todo rigor, silencio y modestia.

    En su reino Austero, sencillo, utilizaba una silla desvencijada y trabajaba con medios precarios. Pero sus investigaciones revolucionaron la ciencia.
    Pero en el '70, el Premio Nobel de Química lo convirtió, muy a su pesar, en una estrella. Una tentación que, sin embargo, desdeñó tozudamente para seguir sentado, investigando, en una destartalada silla que poco (pero mucho) tenía de trono.
    La mitología popular y el folclore periodístico se quedaron -anémicos- con su estampita: un sabio ignoto, descubierto antes por el jurado de la Academia Sueca que por sus coterráneos, ungido por el premio Nobel de Química 1970, y sentado en una silla de paja brava del Delta atada con piolín para impedir su descalabro definitivo.
    Desde luego, llegado desde Estocolmo el cable urgente que anunciaba el lauro, su apacible casa de la breve calle Newton (nombre de sabio: clara simetría) se convirtió en un caótico y ruidoso cuartel: periodistas, fotógrafos, cámaras, flashes, cables, preguntas ya inteligentes, ya banales. Acoso.
    Como en "La señora mayor", un cuento de Borges incluido en El informe de Brodie, Luis Federico Leloir (entonces 64 años), "... creyó que era la mazorca que entraba...". Su modestia y su rigor lo impulsaron a decir poco, casi nada, sobre su hazaña.
    Mientras la prensa esperaba frases-título estilo "El descubrimiento del doctor Leloir revoluciona la medicina" o "A partir de su hallazgo se salvarán miles de vidas" o cualquier otra tentación para el cuerpo catástrofe, ese hombre enjuto, sereno, de ojos claros, apenas se atrevió a decir:
    "Lo que hice es difícil de entender.
    Es sólo un paso de una larga investigación. Descubrí (no yo: mi equipo) la función de los nucleótidos azúcares en el metabolismo celular. Yo quisiera que lo entendieran, pero no es fácil explicarlo.
    Tampoco es una hazaña: es apenas saber un poco más...".
    Ni siquiera cambió ese tono luminosamente gris el 10 de diciembre del '70, algo incómodo dentro del frac, frente a la Academia Sueca y al mundo, cuando recibió el diploma y los 80 mil dólares, esa anhelada huella de pólvora que es la herencia de Alfred Nobel: -Adjudico todo el mérito a mis colaboradores. Yo soy sólo un representante de ellos.
    No me resulta fácil considerar que estoy entre los gigantes de la química: Van't Hoff, Fischer, Arrhenius, von Baeyer. En realidad, nunca he recibido tanto por tan poco...
    Sin entender demasiado sobre los nucleótidos, la mitad de los nativos se lanzó a devorar al Leloir humano, según otro viejo lugar común.
    El hombre nació el 6 de septiembre de 1906 en París durante un viaje de sus padres, se recibió de médico en el '32, logró su doctorado con una tesis brillante (Las suprarrenales y el metabolismo de los hidratos de carbono), y empezó a trabajar con otro Nobel patrio (Bernardo Houssay) en el '47.
    Era algo, pero no mucho, de modo que la excavación siguió agitando sus trépanos y averiguó que el sabio tenía un Fiat 600 celeste y asmático al que cada día era necesario hacer arrancar con tracción a sangre: léase Leloir y un vecino cinchando como bueyes.
    Que sólo leía libros y revistas científicas, y que le gustaba el cine de acción: "...las del oeste y las de espionaje", confesaba. Lo demás (que tuviera en su panoplia el premio Nacional de Ciencia, otros treinta similares, y que una docena de universidades lo reverenciara) no tenía demasiada importancia para aquellos buceadores de lo humano.
    Preferían narrar, en fresco estilo periodístico, que el sabio llegaba cada mañana a las diez a su modestísimo laboratorio de la calle Julián Alvarez, que se llevaba el almuerzo (dos sándwiches, dos huevos duros), y que a las cinco en punto de la tarde abandonaba su microscopio y sus retortas y volvía a su casa. .........................
    Luis Federico Leloir murió el 2 de diciembre de 1987. Tenía 81 años, y trabajó en su laboratorio hasta apenas unas horas antes de que un infarto masivo lo abatiera en su casa.
    Entonces, el mismo periodismo que casi tres décadas antes quebrara su paz, exhumó de los archivos cuanto dato curioso quedaba flotando en los amarillentos recortes.
    Se supo, por ejemplo, que en la década del 20 y en el Ocean Club de Playa Grande inventó la salsa golf después de muchos experimentos "porque estoy aburrido de los langostinos con mayonesa".
    Que fue duro y acaso certero al definir a sus compatriotas: "Los argentinos siempre esperamos un mesías que nos salve, queremos ganar todos los campeonatos de fútbol, y creemos en cualquier cosa: el caso de la crotoxina lo demuestra".
    Que fumaba uno que otro cigarrillo "cuando me convidan", que de tanto en tanto se permitía un vaso de vino, que muchas veces donó su sueldo para que el laboratorio sobreviviera, y que no mucho después del Nobel "yo mismo cambié los piolines de mi silla por alambres, porque de lo contrario tenía que trabajar parado".
    Sólo le temió a tres calamidades: "La prepotencia, la soberbia y la estupidez".
    Y no se equivocaba: muy pocos saben que en el '83, en la calle Antonio Machado 151, tuvo por fin un laboratorio digno y una decente silla de metal y cuero.
    Muy pocos lo saben, y acaso muy pocos sacaron la cuenta: Luis Federico Leloir, argentino, sabio, premio Nobel, tuvo que esperar trece años para que su país lo honrara con una silla nueva.


    Crédito:
    Artículo extractado de:
    Revista Gente

    Y aquí la foto con el 600, para aquellos que son poco crédulos de lo que cuenta este servidor:



    __________________________________________________ _______________

    Su mujer, Amelia Zuberbuhler: "Luis experimentaba con todo", conto su compañera de vida
    "Una tarde me trajo flores. Las puse en un florero y eche una aspirina en el agua. Me pregunto por que. Le dije: 'Porque asi duran mas'. Dudo. Dividio las flores en dos recipientes: uno con aspirina y otro sin ella. Tenia razon: se secaron al mismo tiempo".

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