El historiador médico Fielding Hudson Garrison afirma en su libro Introducción a la Historia de la Medicina que “la nueva ciencia de la endocrinología, aunque arraigada en el pasado prehistórico, es virtualmente una creación del siglo XX…”.

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La observación es acertada: en lo que tiene que ver con las hormonas, la endocrinología tiene sus raíces hundidas en el pasado; pero son los sorprendentes hallazgos de la modernidad de la centuria precedente, con algunos hechos importantes acaecidos en el siglo XIX, los que dan verdadero y definitivo envión a este campo del saber.

Los primeros datos conocidos comenzaron por las observaciones sobre animales y humanos castrados, sobre gigantes y enanos, diabéticos, cotudos y cretinos, y luego sobre las descripciones incipientes de los órganos endocrinos más grandes como el cuerpo tiroides, las cápsulas suprarrenales, testículos, ovarios y la glándula pituitaria.

Desde tiempos inmemoriales la humanidad conocía el efecto de la castración sobre animales y hombres; sabía, por ejemplo, que el animal castrado era más fácil de controlar; y que los eunucos no podían embarazar mujeres. Los gigantes como Goliat, los enanos como el de Vallecas, o los de aventuras como Gulliver, precedieron la casuística endocrina actual.


Más próximos a nuestra actualidad, mientras estudiaban el funcionamiento del estómago, William Maddock Bayliss (1860-1924) y Ernest Henry Starling (1866-1927) descubrieron, en sus trabajos legendarios de 1902, un tipo de elementos químicos que actuaban como mensajeros en el cuerpo, y obtuvieron una sustancia de la membrana mucosa intestinal (duodeno y yeyuno) que tenía una acción sobre el páncreas.

Desacreditando la teoría ampliamente aceptada de Ivan Pavlov de que el sistema nervioso únicamente activaba la digestión, los investigadores ingleses descubrieron que, aunque los nervios del estómago estén alterados, las órdenes del intestino llegan al páncreas a través de la corriente sanguínea. Llamaron a la molécula mensajera secretina y acuñaron el término hormona (del griego: hormon, excitar, despertar) para referirse a otras sustancias similares.

El lexema griego elegido, por su parte, ya tenía cierta tradición en fisiología porque John Smith (1630-1679) había hablado con anterioridad de las cualidades horméticas de los músculos, en cuanto que estimulan y permiten el movimiento.

En médicos griegos incluso se comprueba el uso del adjetivo hormētik-ós/-ḗ/-ón ὁρμητικ-ός/-ή/-ον para hablar de las propiedades excitantes de determinados productos. Y de hecho, a partir, de 1943, según el Oxford English Dictionary, se habla de hormesis y hormético en farmacia para sustancias que tienen un efecto fisiológico beneficioso en una dosis pequeña, pero son tóxicas a dosis más altas.




Equipo Editorial de Mancia.org
Fuentes:
Anmdecolombia.net
Hakorn.com.ar
Encolombia.com
Dicciomed.eusal.es
Buenastareas.com