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Los fármacos del Renacimiento

Los fármacos del Renacimiento

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    Los fármacos del Renacimiento

    En los albores de aquella peripecia intelectual conocida hoy como Renacimiento, la preparación de los remedios era todavía una tarea vinculada más bien con la alquimia que con las ciencias duras. Repaso por algunos de los remedios que se empleaban en los albores del Renacimiento, en la época de Don Quijote.




    En ocasiones, las preparaciones las hacía el propio médico que recetaba, pero también podía darse que las haga un boticario –esta figura tan corriente en aquella época, con sus estantes y almacenes repletos de frascos, de fórmulas de los orígenes más remotos: era posible encontrar tanto aparentes trozos de momias egipcias, como musgo tomado de las calaveras de ajusticiados, o las más corrientes hojas, flores, raíces y cortezas de plantas cultivadas o silvestres, sean naturales de la región o traídas desde otros más exóticos y lejanos territorios.

    Gran parte herencia del medioevo se refleja en más de medio centenar de “formas farmacéuticas” que estuvieron vigentes hasta comienzos del siglo XIX (¡!) y que pueden agruparse en cinco clases: los remedios para beber (1), remedios para tragar o comer (2), remedios para introducir (3), remedios externos para aplicar (4), o bien remedios con otras formas de uso externo (5).

    Para nuestra sensibilidad, acostumbrada a farmacologías bien delineadas y paquetes prolijos que llegan vía ascéticos laboratorios, quizá estas antiguas formas farmacéuticas resulten un poco grotescas. Hoy, repasaremos algunas de estas medicinas de clase bebible.

    El ‘julepe’ era un medicamento fluido, preparado con jarabe de azúcar y un líquido adecuado por su acción terapéutica, sin cocción. El excipiente, por su parte, era una sustancia, presuntamente no medicinal, que se usaba en la preparación de medicamentos para facilitar la mezcla de los ‘simples’ activos, dar la consistencia adecuada al preparado, o para hacerlo más fácil de ingerir o más agradable para el enfermo.

    El apozema, si bien parecido al julepe, tenía como característica que su parte activa (raíces, cortezas, hierbas, flores, semillas o frutos) se cocía “en agua de fuente de río” cuya cantidad quedaba al arbitrio del farmacéutico, para luego agregar el jarabe de azúcar.

    La leche figura también, junto con su suero, entre los remedios de la época. Se la llama Lac, Lacte y Sero Lactis. Hubo autores que se cuidaron de anotar muchas diferencias entre las leches, considerando la de origen humano como la más adecuada. La de cabra, a su vez, se desestimaba por tener consistencia mediocre y ser menos húmeda (sic) que la humana.

    Las tan conocidas pociones, por su parte, eran la resultante de mezclar infusiones, cocciones o soluciones entre sí, a veces con adición de agua pura “de fuente” o agua destilada.




    Equipo Editorial de Mancia.org
    Fuentes:
    Juan Mendoza-Vega — Enfermedad, salud y médicos en El Quijote
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