Reproducimos aquí las palabras de agradecimiento del Dr. Juan Carlos Fustinoni en la presentación de su libro "La alienación en la ópera", obra que analiza el perfil psicopatológico de los personajes de la ópera. Un ejemplo de la interrelación de la medicina y el arte.




Los escritos agrupados en este libro, preparados y publicados en un período de bastante más de veinte años, y que unidos constituyeron el ensayo Estudio psicopatológico de los personajes en la ópera, que obtuvo el Premio Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (1995), son el resultado de más de un centenar de conferencias que he pronunciado en las más prestigiosas tribunas del país en los últimos lustros. En ellas he tratado de investigar siempre acerca de la alienación de los personajes en la ópera, de establecer la posibilidad de un correlato entre la ciencia y la música, partiendo de la definición de Erich Fromm en La sociedad sana: “Por alienación se entiende un modo de experiencia en el cual la persona se siente extraña a sí misma; diríase enajenada de sí misma. Ya no se siente centro de su mundo, dueña de sus actos: se ha convertido en esclava de sus actos –y de sus consecuencias–, los obedece y hasta, a veces, los reverencia. El individuo alienado está tan desconectado de sí mismo como de los demás. Siente su propia persona y la de los otros del mismo modo como siente las cosas: con sus sentidos y su sentido común, pero sin relacionarse productivamente consigo mismo y el mundo exterior”.

En estás páginas se analizan la locura (reacción paranoide, reacción esquizofrénica, psicosis maniacodepresiva); el suicidio (racional y heroico, romántico, consumado); el intento de suicidio; el crimen (homicidio seguido de suicidio y homicidio no seguido de suicidio); el complejo de Edipo y el complejo de Electra, y la pasión (heroica, por adulterio y por amor a destiempo, por celotipia, por amor no correspondido, seductora, del poder), conceptos que indagan la posibilidad de su existencia en los personajes del drama cantado.

Me retrotraigo en el tiempo, ese tiempo que disipa en el éter las sólidas aristas de los hechos, ese tiempo que da a luz todo lo que está oculto y esconde la que ahora brilla con el más grande esplendor.

Mis padres me empezaron a llevar al Teatro Colón de niño, al palco alto 6, que pertenecía al médico del teatro, el doctor Antonio Olivieri, un hombre de una bondad a toda prueba y un caballero sin par, a quien le debo sin duda gran parte de mi formación cultural. A la corta edad de cinco años –en que puede preguntarse a un niño cómo saben las cerezas y las fresas– nació mi pasión por la ópera. Guardo vívidas en mi memoria las representaciones de Manon Lescaut de Puccini con Monserrat Caballé y Richard Tucker (1966); La Favorita de Donizetti con Alfredo Kraus y Fiorenza Cossotto (1967), y Turandot de Puccini con Birgit Nilsson y Monserrat Caballé (1965), ópera en la que también actuó el querido y siempre recordado Víctor de Narké Mercante, que fuera alumno de Medicina y luego dilecto amigo de mi padre, amistad que mi padre ya tenía con el suyo, el recordado bajo Jorge Danton. Desde ese entonces no he dejado de asistir a representaciones teatrales, convencido de que –como dice Jean-Paul– la música es el claro de luna en la noche tenebrosa de la vida. Y es quizá donde el alma se acerca más al gran fin por el que lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural.

Soy una persona que busca constantemente la superación, la elevación espiritual, en todos los órdenes de la vida. La medicina es uno de los caminos. Pero también lo es la búsqueda del conocimiento indagando principios y causas –lo que podemos llamar ciencia–, unida a la reproducción de lo que los sentidos perciben en la naturaleza a través del velo del alma –que encierra el verdadero concepto del arte–. Ambos forman e integran una expresión armónica y complementaria que refuerza el verdadero concepto de epistemología. Por eso, este ensayo que hoy ve la luz nace con emoción y vierte una lágrima, tan sólo una lágrima. Porque una lágrima, en su trágico aislamiento, puede más que la lluvia de un llanto.

Quiero agradecer a los integrantes de mi hogar que con serenidad y tolerancia de mis muchas impaciencias supieron crear el ambiente propicio para el logro de este ideal. Creo que mi familia es lo más bello que me pudo haber sucedido en la vida. Tuve unos padres ejemplares. Alguna vez me dijeron Manucho Mujica Lainez y María Esther Vázquez, con distintas palabras pero el mismo sentido e idéntico cariño, que fui afortunado por haberlos tenido tan cerca. Con Griselda, mi fiel y dilecta compañera, cuyas virtudes me han inspirado y me han sostenido en todo lo que haya emprendido y realizado, comulgo en sentimientos y criterios. Mis hijos Juan Carlitos y Juan Cruz –formados a su imagen y semejanza– y Marilina –que lleva el nombre de su abuela, la poeta Marilina Rébora, y que a su turno ha comenzado a reflejar esas virtudes, pues ya sabe dulcemente sonreír con una sonrisa más hermosa que la del Ángel de la Catedral de Reims–, son la luz de mi vida. A ellos les inculco todos los días que tienen una gran responsabilidad en cuanto a moral y genuinos valores, en el ya recto camino de su venturoso y brillante porvenir.

Va el ensayo. Tiene alma, mente y corazón. Fue dado a luz en largas y solitarias horas de íntima ofrenda. Irrumpe con su carga de gozo, tristeza, zozobra, paz. En ocasiones es amor, deleite, placidez o sembrador de muerte. En otras, amor que no culmina con la muerte, pues no tiene principio ni término ni meta; sometido al don mágico que todo lo convierte, y todo lo transforma, y todo lo interpreta. Puede estallar con odio, envidia y crueldad. O brillar como el día más diáfano y la noche más estrellada, alimentar la pasión más profunda, la ternura más conmovedora y, cual plegaria, ascender al firmamento: Si Jago y Ortruda son la noche en nuestra alma, y aun Isolda, víctima del filtro, y Elsa, de la duda, necesitamos la luz con la pureza de niño de Parsifal.

No es página, hoja y, menos, trozo de papel, sino secreto con voz y lágrimas, ser imperecedero, aún sin manos: sólo palabras. Palabras que aprietan, estrujan y templan. Palabras, susurros que colman el aire, redimen y acercan a Dios.

Hoy también descubriremos el nuevo busto de Osvaldo Fustinoni. Y podremos hablar de sus inicios como médico, de su cátedra, del Decanato –en cuyo transcurso le tocó vivir la famosa Noche de los bastones largos, en la cual ningún estudiante fue apaleado por las fuerzas policiales porque el Decano en persona custodió, desde la puerta, la salida de cada uno de los alumnos sin que nadie fuera humillado, lastimado ni denigrado en su honor–, de la “Semiología del Sistema Nervioso” con sus frescos 76 años –la primera edición data del 27 de mayo de 1936–, el libro editado más antiguo de la Medicina Argentina, con más de 140.000 ejemplares vendidos y por el cual se han formado innumerables generaciones de médicos.

Osvaldo Fustinoni –en la presentación de La Alienación en la Ópera– me retrotrae a ese prado de rosas eternas en el cual Juan Ramón Jiménez puso a su burrito Platero, para llevar almas, sólo almas, a través de caminos de madreselvas, nopales y malvas hacia valles de oropéndolas y azahares. Desde uno de esos valles nos está viendo para brindarnos, como siempre, su sonrisa generosa y eterna. Es que Fustinoni no murió: quedó en un Réquiem de Rilke, en ese reloj sin agujas que es la eternidad...

Gracias a todos por acompañarme en la presentación de mi libro y en la restitución del busto de mi padre. Sea esto para gloria de la Academia Nacional de Medicina, para honra de vosotros y para honor de la Patria. Nada más.