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La separación de la iglesia y la medicina

La separación de la iglesia y la medicina

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    La separación de la iglesia y la medicina

    ¿Qué pasa cuando las ideas religiosas, o la ausencia de las mismas, no coincide entre médico y paciente? ¿Hasta qué punto y cuándo resulta lícito ceder?





    El surgimiento de una esfera pública laica y la demanda concomitante de tolerancia de las creencias religiosas privadas ha marcado el desarrollo del pensamiento moderno. Los campos una vez estrechamente ligados a la religión, como el gobierno, la filosofía y la educación, han tratado de disminuir sus rasgos sectarios para abrirse a los miembros de cualquier comunidad religiosa o a ninguna en absoluto.

    La medicina y la ética médica también trataron de separarse de posturas confesionales. Al mismo tiempo, la ética médica exigió el respeto a las creencias religiosas de los pacientes y su inclinación espiritual. Hoy en día, la separación de la iglesia y de la medicina se ha convertido en una norma aceptada por todos.
    Esta separación, sin embargo, con frecuencia es inestable.

    Como dos maneras importantes en que las personas responden al sufrimiento humano, la religión y la medicina están obligadas a cruzarse. A menudo esta intersección no es problemática. Ocasionalmente, sin embargo, los valores de la medicina secular entran en conflicto con los valores de la religión.

    La toma de decisiones clínicas idealmente reúne la experiencia médico y los valores del paciente para llegar a un tratamiento que beneficia al paciente al máximo. La religión y la espiritualidad en ocasiones forman parte de los valores del paciente de manera tal que entran en fricción con aquello que los médicos pueden considerar mejor para el paciente.

    Por citar un caso, el médico iraquí Nabil Al-Khalisi relata una tragedia clínica en la que un niño con envenenamiento por metanol muere porque el médico no logra convencer el abuelo de que es necesario administrar al niño alcohol etanol, prohibido por el entendimiento del abuelo de la ley islámica.

    Cómo las actitudes religiosas afectan las decisiones de tratamientos fue el tema central de un artículo de JAMA que recibió amplia atención en la prensa profesional y no profesional. El artículo parece mostrar que los pacientes terminales de cáncer que son religiosos reciben terapia más agresiva sin ningún beneficio añadido que pacientes similares que no son religiosos.

    Los pacientes no son las únicas partes en el encuentro clínico cuya espiritualidad puede dar forma a sus valores. Los médicos también tienen puntos de vista religiosos, incluyendo el agnosticismo y el ateísmo, que influyen en sus encuentros con los pacientes, sobre todo cuando los pacientes traen su propia manera de entender espiritualidad. Hay ciertos encuentros clínicos en los que la fe (o la falta de ella) del médico y el paciente puede generar un gran reto.

    La formación de los médicos para estar al tanto de esta dinámica ha recibido un creciente interés entre los educadores médicos. En un ensayo informativo, Samuel E. Karff se basa en su experiencia como teólogo y educador de los estudiantes de medicina para discutir cómo los médicos pueden ser entrenados para interactuar con los pacientes devotos de manera constructiva y adecuada.

    Pero cuidar los valores religiosos también puede llevar a entrar en conflicto con los valores seculares. Hoy en día, este conflicto se presenta con frecuencia en lo que respecta a la prestación de servicios de salud reproductiva, como la anticoncepción, el aborto y las terapias de fertilidad.

    En el debate actual, el problema suele ser enmarcado como un conflicto entre el derecho de un cuidador del individuo a negarse a proporcionar este tipo de servicios por motivos religiosos, y el compromiso secular que anhela que estos servicios sean accesibles para todos.


    Fuente: The Separation of Church and Medicine
    Traducido y adaptado por el Equipo Editorial de Mancia.org
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  2. Avatar de FacuMdq
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    Las libertades individuales tienen un límite, y es justo donde empiezan la de los demás.

    Todo paciente está en libertad de negarse a cualquier tratamiento personal por los motivos que crea mejores. Eso no siempre favorece al paciente, especialmente cuando usa criterios irracionales o supersticiosos... pero la decisión la toma él sabiendo lo que está en juego.

    Cuando afecta a terceros es que esta libertad, me parece a mí, no puede existir. Ni hacia la pareja, ni hacia los amigos y tampoco hacia los hijos. Si uno realmente los aprecia como seres humanos debe respetar las decisiones que les permiten ser tales.

    En ese contexto, algo sin sustento evidencial ni lógico -como las religiones y los prejuicios- no puede ser aplicado a los que nos rodean. Es una creencia personal y por lo tanto subjetiva, como ser hincha de un club o de un género de cine en particular.

    Por supuesto, no todos los creyentes consideran a sus creencias como tales sino como verdades objetivas e inamovibles. Es entonces cuando se toman malas decisiones, como negarle una transfusión a un hijo moribundo.

    Por lo antedicho creo que el sistema legal y médico tienen que trabajar juntos para que el derecho a la vida tenga una aplicación real y total, en vez de quedar a merced de una débil e incoherente apologética.
  3. Avatar de Dra M
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    #3
    Es un tema complejo, pero le guste o no a uno, hay que respetar la autonomía del paciente. Yo personalmente haría lo posible porque el paciente acceda a recibir un tratamiento que puede beneficiarlo o incluso salvarle la vida, pero la palabra última la tiene el paciente, no yo, y no puedo estar hostigándolo ni tratando de imponerle la decisión que yo quiero que tome.

    Distinto es cuando corre riesgo la salud de terceros. En Uruguay al menos, la ley tiene previstos casos concretos en que el paciente está obligado a tratarse (como es el caso de los tuberculosos), ya que si no lo hace la salud pública es puesta en peligro. También está el caso de los menores de edad, en que el médico puede recurrir a un juez para que este autorice el tratamiento del menor, y en esos casos también hay que tratar de ser lo más diplomáticos posible y tratando de no entrar en conflictos innecesarios: por ejemplo, un menor que pertenece a X comunidad espiritual que rechaza cierto tipo de tratamientos, si vos lo tratás contra la voluntad de la familia, puede quedar estigmatizado en su comunidad y él mismo sentirse así. Esto lo digo a título personal: si no es una cuestión de vida o muerte o de similar importancia, yo tendría mucho cuidado con imponer tratamientos, preferiría tratar de negociarlo con la familia hasta donde se pueda.

    Fuera de esos casos concretos y especificados en la ley, el paciente tiene todo el derecho a aceptar o negarse, y el médico el deber de respetar su decisión.

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